Una nota en vísperas del 28 de julio
Cada julio, cuando la garúa limeña envuelve los balcones y las banderas comienzan a poblar las fachadas, a excepción del caluroso invierno que este año estamos atravesando, conviene recordar que la peruanidad se ha construido también con gestos menos ruidosos que las batallas. Una semilla de trigo, un sarmiento de vid, una acequia prehispánica puesta al servicio de un fruto recién llegado. Esta nota quiere celebrar uno de esos gestos fundacionales que pocos conocen: el Perú fue la cuna del vino en América del Sur. Ello siglos antes de los viñedos chilenos, argentinos y uruguayos.
La precisión importa, porque la historia continental tiene un matiz. La vid europea pisó primero tierra firme en la Nueva España el 20 de marzo de 1524, cuando Hernán Cortés ordenó en sus ordenanzas de buen gobierno que cada encomendero plantase anualmente mil sarmientos por cada cien indios de repartimiento, y de allí arrancó la viticultura del continente. Pero al sur del istmo la primacía es peruana y particularmente limeña, y está documentada con un rigor que honraría a cualquier expediente probatorio.
Durante siglos se repitió la versión de Gómez Suárez de Figueroa, el cronista cusqueño que el mundo conoce como Inca Garcilaso de la Vega, que atribuía la primera vid peruana a un tal Francisco de Caravantes. La investigación contemporánea ha corregido el relato. El jesuita Bernabé Cobo, en su «Historia del Nuevo Mundo» (1653), había dejado escrita otra memoria, la del capitán Hernando de Montenegro, vecino fundador de Lima y tres veces alcalde de la ciudad, natural de Villanueva de la Torre, en Castilla. El historiador Guillermo Toro-Lira, tras revisar archivos en Lima, Valladolid y Sevilla, halló la prueba que faltaba. Una probanza de méritos y servicios levantada en Lima en 1556, incorporada luego a otra solicitada por su nieta en 1586, en la que los testigos declaran, bajo juramento, que Montenegro fue el primero en plantar viña en el reino del Perú (Toro-Lira, 2018).
Los testimonios tienen el sabor de las escrituras antiguas. Alonso Martín de Don Benito, alcalde de Lima en 1551, declaró que «fue el primero que empezó a poner viña en esta ciudad y la plantó, y de su casa y viña se ha proveído esta ciudad, como Huamanga, Arequipa, Cusco y Chile». Nicolás de Ribera el Viejo, primer alcalde de la Ciudad de los Reyes, corroboró que de aquella viña se había «hinchido» todo el reino. La plantación ocurrió entre 1539 y 1541, con cepas de listán prieto, la uva que hoy llamamos negra criolla, en terrenos que en la actualidad ocupa la Universidad Nacional de Ingeniería, junto al antiguo camino prehispánico hacia Trujillo. Y hacia 1551 se elaboró en Lima el primer vino sudamericano, que pronto encontró en las minas de Potosí su primer gran mercado (Toro-Lira, 2018).
De aquel viñedo primigenio partieron los sarmientos que poblaron las huertas de la ciudad, particularmente la viña de Jerónimo de Aliaga, la que heredó la viuda María Martel, la del propio Francisco Pizarro, viñas todas distintas del plantío original, nacidas de los sarmientos que Montenegro repartió entre sus vecinos. La tradición recogida por la historiografía peruana añade a este círculo fundacional a doña Inés Huaylas Yupanqui, la ñusta hija de Huayna Cápac, dato que subraya algo que la documentación ha dejado en evidencia. Los españoles trajeron la planta, pero fueron las manos indígenas, herederas de milenios de agricultura de riego en el desierto costeño, las que hicieron posible el milagro agrícola. El vino sudamericano nació mestizo, como casi todo lo que perdura en el Perú.
Lorenzo Huertas Vallejos en un magnífico y documentado trabajo ha mostrado la continuidad de esa historia. Desde Lima la vid descendió a los valles de Ica, Vítor, Majes y Moquegua, que hacia fines del siglo XVI abastecían de vino a medio virreinato, y de cuyos lagares brotaría más tarde el aguardiente de uva que el mundo conoce como pisco (Huertas, 2004, 2019)[1]. La vid que Montenegro plantó en 1539 es, en rigor, la raíz genealógica de nuestra bebida de bandera.
Que esta memoria acompañe el brindis patrio. Cuando el 28 de julio se alce la copa con algún vino peruano, sépase que se levanta también un fragmento de historia, la del primer vino del sur del continente, nacido en Lima, regado con milenarias acequias Ychmas y madurado bajo el mismo cielo gris y generoso que hoy nos cobija.
¡Viva el Perú!
Referencias
Cobo, B. (1891). Historia del Nuevo Mundo [1653] (M. Jiménez de la Espada, Ed.). Sociedad de Bibliófilos Andaluces.
Huertas Vallejos, L. (2004). Historia de la producción de vinos y piscos en el Perú. Universum, 19 (2), 44-61.
Huertas Vallejos, L. (2019). Fundamentos históricos de la peruanidad del pisco. Universidad Ricardo Palma.
Toro-Lira, G. (2018). Las viñas de Lima: inicios de la vitivinicultura sudamericana, 1539-1551.
[1] Para nadie es un secreto que nuestro destilado de uva tomó su nombre del valle y puerto de Pisco, desde donde se embarcaban los vinos y aguardientes surcosteños hacia los mercados del virreinato. Su producción temprana consta en escrituras iqueñas de fines del siglo XVI y en el testamento de Pedro Manuel el Griego (1613), hallado por Huertas en el Archivo General de la Nación. Su existencia y trascendencia se debe a que la cédula de Felipe II de 1595 vedó la plantación de nuevas viñas en las Indias para resguardar el mercado del vino peninsular (Huertas, 2004), y le siguieron restricciones al comercio, como las vedas del vino peruano en Panamá (1614) y Guatemala (1615) y el cierre del mercado español bajo Felipe IV (1641). Lejos de arrancar los viñedos, aquellas trabas empujaron a los hacendados a destilar sus caldos, y de ese giro forzado por la Corona nació el pisco.