ZOOCIEDAD JURIDICA

Posted onLeave a commentCategoriesSin categoría

La década de los 80 no sólo fue una época convulsa para el país, sino para quien estas líneas, escribe. A finales de la década, había pasado de ser un adolescente a un joven rebelde, y que había transformado mi perenne inconformidad con la injusticia a una actitud más «confrontacional» mientras cursaba ya las materias de media carrera en la facultad de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Lima.

Alternaba así, entre la cultura underground que profesaba, con el regodeo de los aspectos jurídicos que iba descubriendo más en algunos libros –Hipótesis de incidencia tributaria de Ataliba- que en las clases de la facultad. En ese diapasón transcurría mi existencia, en la que la violencia diaria del terrorismo y la catastrófica situación económica por la que atravesaba el país, eran el inexorable telón de fondo que amenazaba permanecer estoico por tiempo indeterminado.

Es en ese contexto, que, retornado a las clases en marzo de 1990, en una de aquellas conversaciones con Marcel, quien me recordaba la deuda pendiente por el CD de Echo & The Bunnymen que me había vendido el semestre pasado (El Songs to learn and sing que aún tengo), y al tomar noticia de la formación de la primera revista de Derecho por un grupo de compañeros de facultad -Advocatus-, le lancé la idea … ¿Y si publicamos nosotros un Fanzine Jurídico? Tenía algo de experiencia con eso de los fanzines.

La idea de un panfleto sin reglas, censuras ni autorizaciones encendió inmediatamente nuestra imaginación; ¡Teníamos muchas cosas que decir! Había mucho realmente. Las ideas brotaron como cataratas; la ironía rebasaba (¿Argollatus?), la creatividad bullía (Nemo Iudex Nome Iodax). Inmediatamente se fueron adhiriendo Rodrigo, Rolly, Mauricio y Oscar “El pequeño Charlotte”. Y así -un día de mayo de 1990- vio la luz nuestra flamante creación: ZOOCIEDAD JURÍDICA, un fanzine en el que nuestros alter ego dibujaban con su ingeniosa prosa, páginas de reflexiones, críticas y mordaz poesía. 

Por cierto, la publicación era clandestina. La facultad no admitía opiniones críticas ni textos que escaparan a la regulación previa. Corríamos un gran riesgo, y esa amenaza, lejos de amilanarnos, avivaba todavía más nuestros ímpetus. Era un acto de desafío, un golpe de ironía contra la solemnidad académica y, sobre todo, una forma de liberación.

Paracelso, Parapléjico, Paralítico, Latissimus Dorsi, el Pequeño Charlotte y algunos otros nombres que comienzan a desvanecerse en mi recuerdo, quedan grabados en el libro del tiempo, como una gesta. Un grupo de jóvenes que, frente a una realidad que rechazaban, buscaron expresarla y transformarla, en otros términos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *